Inmigrantes japoneses en Perú

Vinieron del Japón con la esperanza de salir adelante. Seguramente, no pensaron en quedarse en el Perú para toda la vida, pero el destino así lo quiso. Hijos, nietos y amigos marcaron la vida de los denominados nikkei, la primera generación que forjó la colectividad peruano-japonesa en el Perú. En la presente entrada, se expondrá la historia y situación actual de los inmigrantes japoneses y sus respectivos descendientes a la comunidad peruana en Sudamérica.

Inicios

El 21 de agosto de 1873 se firmó en el Japón el Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación entre la República del Perú y el Imperio del Japón. En este se estableció la posibilidad de que los japoneses pudieran viajar al Perú. El Perú se convirtió así en el primer país con el que Japón estableció relaciones diplomáticas en América Latina.

La historia de los nikkei en Perú se inicia en 1899 con la llegada del Japón de los primeros 790 inmigrantes a bordo del barco Sakura Maru que trabajaron en plantaciones de caña de azúcar y algodón en los valles centrales costeros. Desde esa fecha hasta 1923 llegaron al Perú 102 grupos más de inmigrantes, traídos por distintas compañías contratistas con contratos por cuatro años. A partir de 1923 los japoneses comenzaron a ingresar al país en condición de inmigrantes libres. Paulatinamente muchos de los japoneses fueron trasladándose a la capital de Lima y la ciudad de Callao, donde se dedicaron a pequeñas actividades comerciales, tales como barberías y restaurantes.

Debido al hecho de que los primeros inmigrantes japoneses ingresaron al Perú bajo la modalidad de contratos de trabajo, algunos autores (generalmente no especialistas en migraciones)  suelen calificar a esta migración como «forzada» y aun «semi esclava», quizás confundiéndola con el caso de los primeros inmigrantes chinos. Sin embargo, desde su inicio —y por la propia historia del país de emigración— la inmigración de japoneses tuvo la condición de «libre»; es decir, de ciudadanos que voluntariamente decidieron emigrar, con contrato o sin contrato. En el caso de los nikkei peruanos, no obstante, sí se produjeron migraciones forzadas e ilegales durante el siglo 20: hacia los campos de concentración en los Estados Unidos y hacia el Japón en algunos casos para el canje por rehenes, como medidas gubernamentales norteamericanas en la Segunda Guerra Mundial, como fue mencionado líneas arriba. Este último tema se abordará más adelante.

Correspondencia de llegada de los grupos de peones japoneses al puerto costero de Perú (Rodríguez, 2009)

Comunidad okinawense

En la actualidad, la gran mayoría de descendientes japoneses en Perú tienen sus raíces en la prefectura de Okinawa. Se comenta que la cifra extraoficial es de un setenta por ciento. Cabe destacar que la inmigración japonesa al Perú fue una experiencia basada en la diversidad. De esta experiencia plural sobresale, por su número de integrantes, la cultura okinawense, que fue cimentando su comunidad en forma paralela aunque manteniendo siempre y obedientemente la imagen de la unidad japonesa. Lo cierto es que, con sus particulares características asiáticas, la inmigración okinawense no se detuvo hasta trasladar la nación uchinanchu u okinawense a tierras peruanas. Es interesante anotar que más que individuos llegaron núcleos familiares para asumir una empresa económica que, con el paso del tiempo, nos llevarían a poder afirmar que esta migración se convirtió en un proyecto étnico. Cabe resaltar que los okinawenses tenían a favor que el Perú era y es la multiculturalidad compuesta por más de 70 grupos lingüísticos repartidos en la costa, los andes y la amazonía peruana por lo que su adaptación y asimilación a la comunidad peruana no sería tan compleja.

El primer grupo de okinawenses arribó a Perú el 6 de noviembre de 1906 en el barco Itsukushima Maru. Fueron treinta y seis hombres casi todos destinados a zonas agroindustriales de la costa central peruana, como la hacienda Santa Clara en donde existe un monumento que celebra la llegada de este primer grupo.

Quienes trabajaron en el campo lo hacían como peones o yanaconas (en este caso, arrendatarios) en las haciendas y algunos administraban los tambos o bodegas de las mismas. Posteriormente se establecieron en las ciudades para regentar pequeños
negocios como encomenderías, cafetines, peluquerías, verdulerías y, con el pasar de los años, restaurantes, panaderías, bazares, entre otros.

El crecimiento del grupo okinawense fue vertiginoso. A pesar de que llegaron siete años después de iniciada la presencia masiva de japoneses en Perú, rápidamente se constituyeron en el mayor grupo prefectural. Es así que, la comunidad okinawense es el grupo japonés que conserva con mayor fidelidad sus raíces culturales y las practica, ya sea en ámbitos sociales como en la cotidianidad de sus hogares.

Presencia de los descendientes de Okinawa en América (Matsumoto 2015)

Sentimiento anti-japonés

Las clases gobernantes de la primera mitad del siglo XX reclamaban a los japoneses la escasa voluntad de ser peruanos. Y los japoneses acusaban a estos de prejuicio racial y de un anti-japonismo explícito. Desde 1899, rápidamente los inmigrantes japoneses consiguieron un sólido éxito económico. Esto despertó la desconfianza del sector político y empresarial que vio con ojos sospechosos la tenacidad, laboriosidad y unidad de la colonia japonesa. La comunidad japonesa, lógicamente, vivía en medio del terror entre amenazas, insultos y agresiones, como la que se produjo el 13 de mayo de 1940 con el saqueo que damnificó a 620 familias japonesas de las cuales 500 eran okinawenses. Pero la mayor infamia se dio durante el gobierno del presidente Manuel Prado (1939-1945), cuando 1,582 personas fueron conducidas a campos de concentración en Latinoamérica y Estados Unidos por considerarlos «peligrosos». Se había iniciado la Guerra del Pacífico, pero al mismo tiempo se desató en América una etapa de persecución  y de odio contra los inmigrantes japoneses. El ataque de Japón hizo que las muestras de racismo e intolerancia contra  las comunidades de japoneses, que ya existían de tiempo atrás, se incrementaran de manera sistemática y masiva.  Los calificativos en la prensa de «traicioneros», «víboras», «ejército invasor», «quinta columnistas», «saboteadores»  se le endilgaron sin distinción a cualquier inmigrante con el propósito de convencer a las poblaciones de las medidas que posteriormente tomarían los gobiernos en distintos países para vigilar, deportar  o encarcelar a todas las familias de origen japonés.

En Perú, las primeras medidas que el gobierno tomó ante la guerra consistieron en la confiscación de bienes y cuentas bancarias con los que contaban los japoneses; posteriormente, las escuelas que habían sido formadas por la propia comunidad fueron cerradas. Los disturbios costaron la vida de 10 japoneses y la destrucción de más de 600 negocios y casas. Sin hogar y sin una forma de sobrevivir, más de 300 inmigrantes se vieron forzados a regresar a Japón, aun cuando muchos de ellos eran ciudadanos peruanos. El gobierno estadounidense decidió el traslado forzoso de más de 2 mil japoneses a los campos de concentración de Estados Unidos. Los detenidos provenían de 13 países latinoamericanos, mayoritariamente de Perú, y a pesar de que no tenían ningún antecedente delictivo que justificara tal medida, fueron prácticamente secuestrados y puestos en un barco que los trasladó a los campos en el estado de Texas.

Ver vídeo: Inmigración japonesa y el sentimiento anti japonés por la Segunda Guerra Mundial

Re-asimilación en la sociedad

Después del reclutamiento y saqueo a la comunidad japonesa, los inmigrantes japoneses y sus familias trataron de mantener un perfil bajo en el Perú: la comunidad nikkei peruana continuó con sus actividades, principalmente a través de la práctica de tradiciones heredadas de sus ancestros. Festividades como la celebración del Año Nuevo (Shinnenkai), el Día de las Niñas (Hinamatsuri), el Día del Niño (Kodomo no Hi), festividades budistas como el Obón y el Ohigan, entre otras, continúan siendo preservadas por los nikkei. Con una clara identidad como peruanos, los nikkei han sabido también conservar precisamente algunas de las costumbres y tradiciones que trajeron consigo sus padres y abuelos, y que son parte de una herencia natural.

A través de la Asociación Peruano Japonesa se busca además difundir estas manifestaciones de la cultura japonesa, pero sobre todo se busca crear un diálogo permanente entre el Perú y el Japón, con el fin de estrechar los lazos de amistad que existen desde hace más de cien años.

Borja Martínez Agustí

Bibliografía

Akemi Kikumura-Yano, ed., Encyclopedia of Japanese Descendants in the Americas: An Illustrated History of the Nikkei (Enciclopedia de los Japoneses descendientes en América: Historia ilustrada del nikkei) (Walnut Creek, Calif.: AltaMira Press, 2002), 247.

Irie, Toraji; William Himel. 1951. History of the Japanese migration to Peru. En: The Hispanic American Historical Review, Vol. 32, Nº 1 (Febrero 1952); pp. 72- 82 .

Morimoto, Amelia. 1991. Población de origen japonés en el Perú: Perfil actual. Lima: Comisión conmemorativa del 90° aniversario de la inmigración japonesa en el Perú”.

Moromisato Miasato, Doris y Juan Shimabukuro Inami. Okinawa. Un siglo en el Perú. Lima: Ediciones OKP, 2006.

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~ por diasporaasiaoriental en diciembre 22, 2016.

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